La era dorada de la innovación en los operadores de telecomunicación (Parte II)

La era dorada de la innovación en los operadores de telecomunicación (Parte II)

En la anterior entrada de este blog, repasaba alguno de los éxitos más sonados de los laboratorios Bell, desde la invención del sistema de telefonía, pasando por el transistor o el desarrollo del radar.

Pero afortunadamente, estas no fueron las únicas aportaciones que dejaron para la historia de la novedad. Para evitar cualquier tipo de spoiler, 🤫 cambio de párrafo, y sigue leyendo más abajo 👇👇👇 sobre otras contribuciones que realizaron a la sociedad y la tecnología del siglo XX.

De las comunicaciones terrestres al desarrollo del satélite

Como casi siempre en ingeniería, el próximo reto de llevar al siguiente nivel el estado del arte actual, es la premisa primigenia en el trabajo de cada laboratorio o centro de investigación.

El sistema actual de telefonía existente hasta medidos del siglo XX, requería de una gran inversión en infraestructura de cableado, lo cual hacia difícilmente escalable la expansión del teléfono. Así que había una nueva barrera que romper la transmisión por radio, por lo que el equipo de los Bell Labs comenzó a trabajar en el diseño del primer satélite para hacer posible las comunicaciones transoceánicas de una forma mucho más eficiente y masiva.

John Pierce fue quién imaginó el primer satélite, como una nave espacial en órbita, deshabitada, que permitiera transmitir señales de radio, teléfono o televisión a grandes distancias.

Así que el 12 de agosto de 1960, el Echo 1, el primer satélite de comunicaciones estaba listo para ponerse en orbita, en colaboración con la NASA. Uno de los retos que planteó el proyecto fue el de la alimentación del satélite, problema que fue resuelto por Cal Fuller y Gerald Pearson. Basándose en el conocimiento del Silicio adquirido del desarrollo del transistor, encontraron la manera de construir una batería solar de silicio, convirtiendo al Echo 1 en el primer dispositivo de energía solar funcional.

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Hasta la década de los 60, los laboratorios Bell generaron una ingente cantidad de inventos y nuevos productos, aquí aún hoy en día forman parte de nuestra vida diaria, la radio, el transistor, los satélites, las placas fotovoltaicas, …

Pero suerte para la humanidad, todavía existían muchos retos en los que trabajar, como fue por ejemplo la siguiente generación de lo que hoy conocemos como la telefonía móvil. Los retos en esa década eran muchos a superar a nivel de diseño, ya que había pocas frecuencias disponibles en el espectro, lo que limitaba el número de llamadas concurrentes, así como el reto del traspaso de las llamadas entre las antenas.

Sin embargo, en 1970, el ingeniero Amos Joel logró resolver ambos problemas.

Otro de los avances primigenios más sorprendentes que salieron de los laboratorios Bell, fue el desarrollo de uno de los primeros sistemas operativos libres del mercado. Ese desarrollo se convirtió en Unix, el que fuera la base de muchos lenguajes informáticos posteriores, hasta llegar a los sistemas Linux que inundan la nube aún hoy en nuestros días.

Pero en los laboratorios Bell no todo fueron éxitos, hay tecnologías que llegaron demasiado pronto, como por ejemplo fue el caso del Picturephone. Un dispositivo que permitía la comunicación audiovisual, no muy diferente de lo que podemos hacer ahora con Skype y Facetime. Pero como podemos imaginar, la sociedad de esa época no estaba preparada para una socialización tan extrema.

La innovación de los Bell Labs no habría sido posibles, sin el monopolio de AT&T

¿Qué es la innovación? ¿Es un proceso individual? ¿Originado por un inventor solitario y un momento eureka?

Todo lo contrario, desde mi punto de vista y experiencia, la innovación está compuesta de factores muy diversos, algunos indispensables como son las personas, el capital, los incentivos y casi lo más complicado a nivel corporativo, la cultura.

La innovación no deja de ser un proceso, donde las ideas convergen y maduran, así como de un ecosistema y mercado lo suficiente maduro como para florecer. Este proceso no es unipersonal, ni estacionario, depende de muchas personas y es paso del tiempo, un proceso aditivo y madurativo de conocimiento y experiencias.

Pero quién hizo que los Bell Labs brillaran con luz propia, pues esa persona no fue otra que su director general en la década de los cincuenta. Mervin Kelly fue quién estableció un enfoque más estratégico y una cultura propia para el proceso de innovación. Kelly antes fue físico e investigador. Y durante su periodo al frente de los Bell Labs, Se le atribuye el establecimiento de una estructura para fomentar la innovación.

Durante su liderazgo se fomentó los grupos interdisciplinarios, combinando físicos, químicos, metalúrgicos e ingenieros para abordar los problemas juntos. Reunió a teóricos y profesionales mucho más ejecutores, para reflexionar sobre los restos tecnológicos del momento y pensar verdaderamente «fuera de la caja».

Construyó una cultura de innovación sin jerarquías, donde los científicos más jóvenes pudiesen retar a las más distinguidas con preguntas incomodas. Parte del éxito de esta iniciativa, es que la propia organización forzó a sus primeros espadas a aceptar el reto e interactuar con los jóvenes talentos, lo que fomentó el libre flujo de ideas.

Se estableció una cultura de aversión al resultado, como hoy en día han copiado empresas como Google, donde los investigadores gozaban de total autonomía, para explorar y reflexionar sobre nuevas ideas sin tener plazos estrictos y rápidos o incluso objetivos concretos, que lastraran el proceso creativo en favor del resultado cortoplacista.

Pero como comentaba al principio, esta historia de éxito no hubiese sido posible sin los fondos provenientes del monopolio de AT&T a nivel de comunicaciones en los EE.UU. Gracias a que este monopolio fue apoyado también por el gobierno, todas estas innovaciones fueron en favor del interés del público, traspasando inclusive mucho más allá de sus fronteras.

Los laboratorios Bell, una historia de éxito difícil de replicar

Los Bell Labs cerró sus operaciones en 2006. Sin embargo, pocos gigantes tecnológicos realmente han sido capaces de replicar sus pasos, y mucho menos sus contribuciones y éxitos en el campo de las comunicaciones e informatica.

Allá por los años setenta, la historia y la política empezó a jugar en contra de los intereses de AT&T, el Departamento de Justicia de Estados Unidos encabezó una demanda por abuso de posición dominante por parte de AT&T, que termino finalizo en 1984, dividiendo a ATT&T en lo que se conoció como las “Baby Bells”, pequeñas compañías telefónicas locales, que luego se convirtieron en empresas independientes.

Esto afecto a los laboratorios, aunque la administración de AT&T mantuvo su compromiso original de continuar financiando la investigación básica y, durante la década de 1980, los científicos de Bell Labs continuaron asombrando al mundo con descubrimientos significativos. Como el efecto Hall cuántico fraccional que posteriormente, ganó el Premio Nobel.

Pero la competencia afectó a la P&L, y los beneficios se vieron afectados. Golpeando a los presupuestos de I+D, con el consecuente cierre de los laboratorios en 2006.

Desde hace ya unas décadas el modelo ha cambiado, y las grandes corporaciones, salvo gloriosas excepciones han dejado de apoyar la investigación básica. Seguramente los más perjudicados seamos la humanidad en general, pocos imaginamos hoy en día, nuestro día a día sin ordenador, un teléfono móvil o coger un avión, COVID mediante.

Invenciones que no habrían visto la luz sin el esfuerzo inversor de AT&T, y que, hoy a excepción de Google, con X. Poco gigantes empresariales han decidido a decidido apoyar. Posiblemente la culpa la tenga la sociedad inmediatista que hemos creado, dejando a los mercados financieros controlar la evolución de la humanidad, midiendo el ROI de cada inversión, sin preocuparnos de sí esa inversión puede cambiar el futuro de la humanidad.

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